Atraco en despoblado. Nos tocó leer que el director de Inspección y Vigilancia (reglamentos) del ayuntamiento moreliano se vio involucrado en la posible extorsión a dueños de antros de desplumadero, incluso, probablemente en trata de blancas, total, la cosa es que la Procuraduría General de la República abrió una averiguación previa e investiga.

El fulano de marras no ha dejado el cargo, sigue cobrando con cargo al erario y despachando como si nada hubiera pasado, y esto, no es nada sano para la administración pública municipal y tampoco para el área que encabeza, pues se ha desatado una ola de atracos por parte de inspectores de esa dependencia.

Resulta que durante la semana que recién terminó, un par de inspectores se dedicaron a visitar los negocios establecidos en la colonia Gustavo Díaz Ordaz, al sur de Morelia, so pretexto de revisar licencias, sin embargo, la conducta de estos burócratas es condenable toda vez cayeron en el garlito de encontrar pretextos para extorsionar a los tenderos.

Resulta que en una tienda había un par de botellas de Caribe Cooler, y se le fueron encima a la dueña argumentando que su licencia es para cerveza y no para vinos y licores, bajo amenaza de clausura y una astronómica multa, se fueron contentos con ochocientos pesos en la bolsa.

Ayer mismo, que se sepa, por Ley el lunes 18 de Noviembre se declaró día inhábil, pero esta gente recorrió una vez más la colonia, peinando los pocos establecimientos abiertos intentando buscando cualquier pretexto para extorsionar a los ignorantes y hacer su botín.

La cuestión es que no hay nombres, pues llevaban volteado el gafete y la camioneta que traían llevaba logos del ayuntamiento, pero sin placas, nada raro en Morelia, donde se clonan todo tipo de vehículos oficiales, urge se separe del cargo el director de reglamentos y se sanee la dependencia.

Al parecer lo que queda del PRD busca a toda costa no sólo legitimarse, ansían una tabla de salvación que les permita, una vez más, coronar sus intereses y colgarse otros seis años de una curul en el Senado, una alcaldía o ya de perdis, una diputación, y para ello recurren a viejas fórmulas y antiguos personajes.

Desde que Leonel Godoy Rangel, en asamblea nacional se refirió a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano como “dictadorzuelo” y otra serie de finuras, el ingeniero tomó una sana distancia de los asuntos del partido del que es cofundador, incluso se desató el rumor de que fundaría un nuevo instituto político, y no fue así, política ficción.

Así transcurrió el tiempo, entre dimes y diretes, cuartelazos y saqueos, ahora que resurgió Andrés López Obrador en el escenario y propone un movimiento que aspira a ser partido político para arrancarle dinero al presupuesto y votos a eso que llaman “izquierda”, se acordaron los perredistas que cuentan con patrimonio histórico y pues han decidido echar mano de él.

Ahora presentan al ingeniero como la piedra de toque para refundar o, en su caso, articular un PRD capaz de competir en Michoacán y el resto del país, pues el voto por la izquierda se ha atomizado por los esfuerzos de López de crear su plataforma e ir, una vez más, a las urnas buscando la presidencia de la república.

La cosa en papel pinta bien, un liderazgo reconocido y aceptado en diversos estratos sociales, sin embargo, hay una cuestión que han soslayado los ideólogos perredistas: el relevo generacional. Los mexicanos que definen una elección son chavos, que buscan nuevas experiencias incluso políticas con entes más cercanos a su entorno y no a figuras representativas.

En el caso de Michoacán, tal parece que los equilibrios pactados están por cobrar factura, aunque hay puntos oscuros que dejan severas dudas, sobre todo por el pobre desempeño de algunos diputados locales y la tibieza de muchos presidentes municipales.

Cuando en esa fuerza política se habla de “unidad” es para pasmarse, pues que se recuerde las candidaturas de unidad siempre han sido un mito, como su presunta vocación de izquierda, mientras más próximas estén las definiciones, los grupos comenzarán a golpearse y a pujar por los espacios, entonces, ya veremos la unidad perredista.

Hay un fenómeno del que he escrito en entregas anteriores y es el del reportero militante, es un mito sabido que el reportero y el periodista no guardan empatía o preferencia política por personajes o partidos, de tal manera que se distingue quien no sólo mejor lo oculta, también quien logra no contaminar su trabajo por filias y fobias y esto, los lectores lo palpan.

El militante defiende y salvaguarda los intereses que sus creencias personales le generan, de tal manera que cubre únicamente el sector delimitado por los mismos y renuncia ideológica y prácticamente al resto del espectro político o si acaso, ideológico.

Los compromisos adquiridos van más allá de los monetarios, pues se involucra el trabajo cotidiano y la poca o mucha experiencia, sobre todo cuando se involucra la parte institucional, por eso es triste ver que gente sin formación, ya ni siquiera académica, personal, ocupe espacios donde se debe filtrar la comunicación entre el ente político y la ciudadanía. Terminan empañando todo.

Por cierto, no está muy lejos aquel día en que trabajando en el Congreso del estado, encontré en el patio del Palacio a una reportera de El Sol de Morelia, sola y deslucida, sin saber qué hacer o a quién reportear, sin más, le corrí un tip, no un líbelo, una sugerencia.

Al día siguiente y sin esperarlo, la damita en cuestión me abordó en el mismo espacio agradeciendo que gracias al dato pudo obtener su primera plana en el diario. Qué tiempos aquellos, la señorita hoy rebosa prepotencia y altanería propia de alguien sin principios, total, ya es milita